Los primeros pasos hacia el EBC

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Niño asomado a la ventana en el poblado de Phakding.

Esta noche, al igual que ayer, dormimos en Namche Bazaar, un pueblo con forma de s construido en las laderas a 400 metros de altura. Alrededor, los picos aparecen y desaparecen de entre las nubes ancladas estos días sobre el Himalaya. Hace ya tres días que comenzamos esta aventura que empezó en una avioneta que nos ofreció un vuelo espectacular, surcando el cielo a unos cientos de metros de las montañas y aterrizando en una ínfima pista en cuesta. Lukla fue el punto de partida del trekking. El poblado cuenta con todas las comodidades posibles a pesar de que no hay ninguna conexión por tierra con el resto de la civilización que puedan utilizar vehículos de tracción a motor. El camino remonta desde el comienzo el cauce del caudaloso río de Dudh Koshi, que a su vez da nombre al valle que erosiona con sus aguas.

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A por el EBC (Campo Base del Everest)

Año par: toca poner rumbo a oriente. El periplo será más mochilero que nunca. Por delante, dos semanas para dar miles de pasos hasta intentar rozar el techo del mundo con la yema de los dedos. Regreso a Nepal cuatro años después con una finalidad completamente distinta a la que tenía cuando aterricé por primera vez en el país. Entonces lo hacía en un viaje combinado con India, que además suponía mi primera incursión en el continente asiático. La visita se centró en conocer el trabajo que la oenegé canaria Educanepal realiza en la pequeña ciudad de Hetauda. Ahora la mochila está repleta de ropa térmica preparada para las bajas temperaturas y prendas cómodas que nos permitan hacer los aproximadamente 70 kilómetros que hay entre el poblado de Lukla y Sagarmatha -o, si lo prefieren, el Campo Base del Everest -EBC de Everest Base Camp, que es como se conoce entre los turistas-, que es como bautizaron los ingleses a la montaña-. Antes el tiempo se tendrá que poner de nuestro lado para que una avioneta pueda volar junto a la cordillera del Himalaya para acabar posándose en una minúscula pista situada a más de dos mil metros de altitud.

Namasté

 

*Escrito el 6 de septiembre

Los alisios acarician Valleseco

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Las nubes transportadas por los vientos alisios, con el pueblo de Valleseco debajo.

Las nubes vuelan de oeste a este. Es un movimiento antinatura cuando, días como el de hoy, predominan los vientos alisios. Una pared atmosférica invisible les impide engullir una vez más las casas de Valleseco. Entonces giran en dirección a Teror, acarician la loma por la que pasa la carretera general y descienden bruscamente. En cuestión de segundos, la masa blanca desaparece ahogada por el denominado efecto Foehn. Ya es junio y en las medianías del norte comprueban que el cielo sigue siendo azul después de soportar durante meses una niebla que apenas permitía distinguir lo que había en unos metros a la redonda. En esta locura de microclimas que existen en Gran Canaria se puede distinguir nuestro particular clima continental: inviernos fríos y veranos cálidos, con primaveras y otoños casi imperceptibles. Es lo que más o menos ocurre a partir de los 600 metros en la cara norte de la isla. Quienes viven por encima de esta altura guardan estos días la ropa de abrigo y sacan del ropero las prendas idóneas para pasar un estío que llega con la fuerza de todos los años. La vegetación es la primera damnificada: el verdor de los pastos desapareció de un plumazo; el amarillo le sustituye para quedarse hasta octubre, noviembre o diciembre, todo dependerá de las primeras lluvias del otoño. Los lugareños se preparan para unas jornadas sofocantes bajo un calor seco que nada tiene que ver con la humedad que predomina diez kilómetros barranco abajo, ya en la costa, gracias a la venerada o detestada, según se mire, panza de burro. Aquí arriba, trabajar la tierra a partir del mediodía durante estos meses es una tarea poco recomendable y la vida en la calle no se retoma hasta que el sol empieza a hundirse en poniente, momento en el que empiezan a soplar el aire fresco de la noche. Es como si estuviéramos en un pueblo de la meseta castellana si no fuera porque realmente nos encontramos en una isla volcánica situada 1.800 kilómetros al suroeste y en medio del Atlántico.

‘Incredible’ India

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Azoteas en el barrio de Paharganj en las primeras horas del día.

La India se saborea desde el momento en que se posa el primer pie en el suelo. Llegamos a Nueva Delhi de noche después de hacer escala en Londres. Aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Indira Gandhi antes que Laura, que hacía lo propio desde París poco después. Coincidimos en la sala donde recogeríamos nuestras mochilas. Después de unos minutos dubitativos, mientras esperábamos las bolsas y decidíamos cuánto dinero íbamos a cambiar, empezamos a comprobar que estábamos en un país que de inmediato nos iba a sorprender. ‘Incredible India’, decía uno de los anuncios que había por las terminales. Ese es el lema con que el gobierno vende su país en el extranjero. Y, créanme, no hay mejor forma de describirlo. Ya con las mochilas sobre las espaldas pusimos rumbo a la salida que nos abriría las puertas a un mundo nuevo. Afuera, decenas de personas se agolpaban para acoger a los turistas que en manada llegaban desde Europa. Uno de ellos llevaba un cartel con el nombre de uno de nosotros. Nos metimos en un pequeño taxi de color blanco y nos dirigimos a nuestro hotel situado en Paharganj, el barrio mochilero de Nueva Delhi. Por el camino ya vimos a personas durmiendo sobre cualquier superficie plana que sirviera como cama, vacas pululando por todos lados y unas calles sorprendentemente vacías teniendo en cuenta que habíamos arribado a una ciudad en la que se estima que viven unas 17 millones de personas, según la Wikipedia. Teníamos reservadas dos habitaciones cerca de la Arakashan Road, que viene a ser una calle inundada de alojamientos que tratan de atraer clientes con llamativos carteles de neones de todos los colores, creando un espectáculo nocturno digno de ver. Aunque la visita la dejamos para otro día porque a esas horas sólo nos apetecía descansar un poco después de estar todo el día volando. Al llegar al Oyorooms, que es como se llama ahora aquel establecimiento, comprobamos que la limpieza brillaba por su ausencia y el olor a humedad estaba impregnado en cualquier objeto que adornaba aquella caja de zapatos sin iluminación ni ventilación natural en la que nos tocaría dormir las dos noches siguientes. Dejamos el equipaje y subimos a la azotea para comer un poco de arroz y refrescarnos del intenso calor con unas cervezas de la marca Kingfisher. Llevábamos apenas unos minutos cuando aquel hotel nos regaló la primera de las sorpresas: una rítmica música comenzó a aflorar de los estrechos y oscuros callejones que rodeaban el edificio, por los que caminaba un grupo de personas tocando los instrumentos con los que celebraban algún tipo de ritual. La segunda se produjo al alba dos días después. Habíamos vuelto a subir a la terraza para desayunar antes de abandonar Nueva Delhi y partir hacia Jaipur. Allí nos quedamos ojipláticos cuando alzamos la vista más allá de un muro sobre el que se apoyaba una escalera. A la redonda, bidones, antenas parabólicas y ladrillos vistos adornaban las azoteas de las casas donde la vida se desperezaba un día más. En aquellos techos decenas de personas se bañaban al unísono bajo los primeros rayos del sol, que lograban cruzar la capa de contaminación que cubre esta gran metrópoli. Aquellas imágenes ya delataban lo que iba a ser un viaje increíble, como ya nos había advertido aquel anuncio del aeropuerto. Un paseo por este subcontinente que no deja de sorprender a cada momento. Un periplo por un lugar que o lo amas o lo odias.

Trashumancia: sendero hacia la excelencia

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Los pastores dirigen el rebaño durante la trashumancia por las medianías del norte de Gran Canaria.

El sonido de los cencerros y el tronar de algunos voladores entre los barrancos avisan. Unas 300 ovejas aparecen y desaparecen entre los pliegues de las montañas mientras avanzan por una estrecha carretera de las medianías de Santa María de Guía. Es sábado de Semana Santa, hace buen tiempo y el sol está a punto de desaparecer tras el perfil de Tenerife que se dibuja a poniente. Es el momento ideal para practicar una de esas labores ancestrales que aún se conserva en algunas zonas de Gran Canaria. Se trata de la trashumancia que, como cada año, realiza el pastor Cristóbal Moreno Díaz. Un grupo de unas diez personas dirigen su ganado. Son mayores y jóvenes, inclusos menores de edad que aprenden el oficio. Algunos se cubren la cabeza con el tradicional cachorro canario mientras otros se apoyan en los garrotes que agarran con sus brutos dedos. Andan con el rostro serio, más aún cuando ven a un desconocido coserles a fotos. Son varios los pleitos originados por el paso de los animales por unos u otros caminos en los que ya pastan las cabezas de ovino de otros pastores. Por ello, una pareja de la Guardia Civil les escolta durante el camino entre Santa Cristina, donde el rebaño ha pasado los últimos meses, hasta Caideros, pago en el que se asienta su quesería. Allí, Moreno aprovechará el abundante pasto que crece estos días para alimentar a los animales hasta que, en pleno agosto, partan hacia la cumbre donde permanecerán durante los meses más cálidos. Quizás esta búsqueda de los mejores alimentos sea lo que convierte a los quesos de Cristóbal en oro blanco. Su negocio acumula premios por doquier, encargándose así de llevar el nombre de ese pequeño pueblo, situado al borde del precipicio que da forma al Valle de Agaete, allende los mares.

Una isla con península

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Foto tomada desde los Pinos de Gáldar, en primer término el pico de Osorio, con un conjunto de casas situadas junto a La Laguna de Valleseco; detrás el barrio de Los Giles y de fondo la península de La Isleta.

Para quien no haya estado nunca por Gran Canaria, sepan que gran parte de su capital de asienta sobre un istmo, un trozo de tierra que conecta La Isleta con el resto de la Isla. Hasta hace poco más de un siglo, el color negro de las piedras expulsadas por los volcanes que crearon la península daba paso a la arena amarilla que formaba las kilométricas playas que surgían al norte del casco histórico de la ciudad. A finales del siglo XIX, el desarrollo de Las Palmas de Gran Canaria se fue comiendo este paraje natural. Primero lo hizo con la creación y posterior crecimiento del Puerto de La Luz, hoy principal entrada de los productos que se consumen en la Isla. Y a partir de la segunda mitad del siglo XX con la irrupción del turismo. Aquellos arenales fueron sustituidos por bloques de hormigón. Por naciente quedaron los muelles donde atracaban los barcos. En medio, edificios que dieron cobijo a turistas europeos que venían a descansar, peninsulares que se asentaron en las Islas e isleños que practicaron el éxodo desde Lanzarote, Fuerteventura y las medianías de Gran Canaria. Y por poniente, la joya de la urbe, una de los pocas imágenes que aún se conservan de aquella maravilla: la playa de Las Canteras. Este lugar es otro ejemplo de lo que pudo ser. ¿Qué hubiese ocurrido si la ciudad no se hubiese desarrollado hacia el norte dejando así intacto este espacio? Una vez más, el hombre se encargó de estropearlo. Ahora sólo nos queda defender lo nuestro para que quienes vengan detrás no repitan esta misma pregunta con otros territorios naturales del Archipiélago amenazados por la picota.

El factor sorpresa de Pavón

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Vista del cortijo de Monte Pavón.

A veces tiene que venir alguien de fuera para enseñarte a valorar algo que llevas viendo desde que naciste. Durante las últimas semanas he recibido dos lecciones sobre un paraje para mi normal, sin atractivo aparente, que nunca antes me había parado a analizar. Tuvieron que llegar de Madrid y París para advertirme de lo que me estaba perdiendo. Monte Pavón, para quien no lo conozca, es un diseminado de dos o tres casas plantadas en medio de los denominados cortijos, que nada tiene que ver con los latifundios andaluces, cuyo silencio sólo es quebrado por el viento y los cencerros de los rebaños de ovejas que deambulan por la zona. Son campos llenos de pastos que florecen al unísono con las primeras lluvias que empiezan a caer allá por el mes de noviembre en las medianías de Moya y Santa María de Guía. El verdor que hasta mayo pinta esta zona de Gran Canaria sorprende a los visitantes. Y es precisamente ahí donde la visión de una persona totalmente ajena a un paisaje como éste la que te hace reflexionar. Ambos me expresaron lo espectacular de la fotografía que tenían ante sí: un conjunto de pequeñas montañas repletas de hierba con diferentes tonos de colores, que crecen entre los pinos canarios que se levantan en las inmediaciones de Fontanales y el picón negro que se desliza de la caldera de los Pinos de Gáldar. Es el manido continente en miniatura. Es visitar primero las Islas Británicas para después recorrer la Selva Negra y acabar con una parada en Islandia en unos pocos miles de metros. Es pasar de unos pastos a un bosque y terminar el viaje en un volcán. Es Gran Canaria.