‘Incredible’ India

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Azoteas en el barrio de Paharganj en las primeras horas del día.

La India se saborea desde el momento en que se posa el primer pie en el suelo. Llegamos a Nueva Delhi de noche después de hacer escala en Londres. Aterrizamos en el moderno aeropuerto internacional Indira Gandhi antes que Laura, que hacía lo propio desde París poco después. Coincidimos en la sala donde recogeríamos nuestras mochilas. Después de unos minutos dubitativos, mientras esperábamos las bolsas y decidíamos cuánto dinero íbamos a cambiar, empezamos a comprobar que estábamos en un país que de inmediato nos iba a sorprender. ‘Incredible India’, decía uno de los anuncios que había por las terminales. Ese es el lema con que el gobierno vende su país en el extranjero. Y, créanme, no hay mejor forma de describirlo. Ya con las mochilas sobre las espaldas pusimos rumbo a la salida que nos abriría las puertas a un mundo nuevo. Afuera, decenas de personas se agolpaban para acoger a los turistas que en manada llegaban desde Europa. Uno de ellos llevaba un cartel con el nombre de uno de nosotros. Nos metimos en un pequeño taxi de color blanco y nos dirigimos a nuestro hotel situado en Paharganj, el barrio mochilero de Nueva Delhi. Por el camino ya vimos a personas durmiendo sobre cualquier superficie plana que sirviera como cama, vacas pululando por todos lados y unas calles sorprendentemente vacías teniendo en cuenta que habíamos arribado a una ciudad en la que se estima que viven unas 17 millones de personas, según la Wikipedia. Teníamos reservadas dos habitaciones cerca de la Arakashan Road, que viene a ser una calle inundada de alojamientos que tratan de atraer clientes con llamativos carteles de neones de todos los colores, creando un espectáculo nocturno digno de ver. Aunque la visita la dejamos para otro día porque a esas horas sólo nos apetecía descansar un poco después de estar todo el día volando. Al llegar al Oyorooms, que es como se llama ahora aquel establecimiento, comprobamos que la limpieza brillaba por su ausencia y el olor a humedad estaba impregnado en cualquier objeto que adornaba aquella caja de zapatos sin iluminación ni ventilación natural en la que nos tocaría dormir las dos noches siguientes. Dejamos el equipaje y subimos a la azotea para comer un poco de arroz y refrescarnos del intenso calor con unas cervezas de la marca Kingfisher. Llevábamos apenas unos minutos cuando aquel hotel nos regaló la primera de las sorpresas: una rítmica música comenzó a aflorar de los estrechos y oscuros callejones que rodeaban el edificio, por los que caminaba un grupo de personas tocando los instrumentos con los que celebraban algún tipo de ritual. La segunda se produjo al alba dos días después. Habíamos vuelto a subir a la terraza para desayunar antes de abandonar Nueva Delhi y partir hacia Jaipur. Allí nos quedamos ojipláticos cuando alzamos la vista más allá de un muro sobre el que se apoyaba una escalera. A la redonda, bidones, antenas parabólicas y ladrillos vistos adornaban las azoteas de las casas donde la vida se desperezaba un día más. En aquellos techos decenas de personas se bañaban al unísono bajo los primeros rayos del sol, que lograban cruzar la capa de contaminación que cubre esta gran metrópoli. Aquellas imágenes ya delataban lo que iba a ser un viaje increíble, como ya nos había advertido aquel anuncio del aeropuerto. Un paseo por este subcontinente que no deja de sorprender a cada momento. Un periplo por un lugar que o lo amas o lo odias.

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