Los primeros pasos hacia el EBC

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Niño asomado a la ventana en el poblado de Phakding.

Esta noche, al igual que ayer, dormimos en Namche Bazaar, un pueblo con forma de s construido en las laderas a 400 metros de altura. Alrededor, los picos aparecen y desaparecen de entre las nubes ancladas estos días sobre el Himalaya. Hace ya tres días que comenzamos esta aventura que empezó en una avioneta que nos ofreció un vuelo espectacular, surcando el cielo a unos cientos de metros de las montañas y aterrizando en una ínfima pista en cuesta. Lukla fue el punto de partida del trekking. El poblado cuenta con todas las comodidades posibles a pesar de que no hay ninguna conexión por tierra con el resto de la civilización que puedan utilizar vehículos de tracción a motor. El camino remonta desde el comienzo el cauce del caudaloso río de Dudh Koshi, que a su vez da nombre al valle que erosiona con sus aguas.

Su rugir constante recuerda al de las olas rompiendo en la costa. Los porteadores no paran de pasar ataviados con unas cestas fabricadas con bambú a sus espaldas. Los que ascienden llevan numerosos bultos con comida, bebida o cualquier otro objetivo montaña arriba. Quienes bajan lo hacen con la mochila vacía después de dejar la carga en su destino. Los niños ven sentados el paso de cientos de turistas que tienen un mismo objetivo: alcanzar el Campo Base del Everest. Namaste o Hello suelen ser los saludos que dan a los forasteros. Durante el sendero conocemos a una pareja israelita que nos invita a café. Entonces él saca de una mochila una butsir, un recipiente y un paquete escrito en hebreo, y se pone a calentar el agua. Unos minutos después nos sirve unos vasos de café israelita con el que nos calentamos para continuar.

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Una avioneta despega del aeropuerto de Lukla.

Así llegamos primero a Phakding, un conjunto de viviendas donde nos hospedamos en una minúscula habitación con olor a pintura y construida con láminas de chapa. Abajo, un señor estadounidense y un chico australiano charlan en el comedor. El primero tiene una vida que bien merece un libro. Solo un detalle: nos cuenta que en 1974 hizo este mismo camino. Ahora tiene 67 años y lo vuelve a intentar.

A primera hora de la mañana del día siguiente nos volvemos a poner en marcha. Por delante 12 kilómetros para subir unos 800 metros de altura. Cruzamos varios pasos elevadizos, que salvan el río a más de 20 y 30 metros de altura. La lluvia nos coge en el momento más duro, justo cuando vamos a subir una cuesta de 600 metros con nuestras mochilas apoyadas en nuestros hombros y a una altitud en la que ya se nota la disminución de oxígeno. Aún así llegamos con fuerzas a Namche Bazaar, lugar en el que pasamos dos noches para aclimatarnos a la altura y mañana volver a poner rumbo al Everest. Antes, sin embargo, hemos tenido que subir hoy a 3.800 metros de altitud para seguir con nuestra aclimatación. El camino nos lleva hasta Khumjung, una villa de casas pintadas de blanco y con el techo azul o verde. Las calles, cercadas con muros de piedra, me recuerdan a las Islas Aran, en Irlanda, y su gente a mi niñez. La gran mayoría labra a mediodía sus tierras, donde recogen papas encarnadas que depositan en las cestas que después utilizarán para transportarla. Todos ayudan, desde el más pequeño que imita a los mayores con la fucha, hasta las abuelas.

El sendero nos devuelve a Namche Bazaar. El resto de la jornada la dedicamos a descansar para mañana iniciar un nuevo día que nos llevará a rozar los 4.000 metros de altura.

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Namche Bazaar.

*Texto escrito el 11 de septiembre.

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