En Cuba no existe la obsolescencia

Estadio Panamericano de La Habana.

El Estadio Panamericano de La Habana es la viva imagen de Cuba. Sólo hace falta echarle un vistazo desde la Vía Monumental, la autopista que conecta la capital con el centro y norte de la Isla, para saber que esta instalación deportiva se encuentra prácticamente abandonada. De cerca se puede comprobar cómo la humedad ocupa el sitio en el que antaño se sentaban los espectadores, ennegreciendo las gradas de este coliseo que tiene capacidad para unas 35.000 personas. Las cuatro torretas que en su día aportaron la luz artificial necesaria para la práctica de deporte nocturno están esqueléticas. Los focos que se apoyaban en estos trozos de hierro que aún permanecen anclados a los muros brillan por su ausencia. Las puertas están a medio abrir o a medio cerrar, lo que permite acceder a cualquiera que le ponga un poco de empeño. Y las zonas interiores, donde se presume que antes se situaban las cantinas o los baños, están completamente saqueadas, con restos de basura y las paredes pintadas. Y, a pesar de su mugriento estado, en este edificio construido en 1991 aún se practica deporte. O por lo menos eso se deja entrever por el buen estado de las pistas de atletismo, el césped y el material destinado a practicar otras modalidades como el salto de altura, esa práctica en la que el matancero Javier Sotomayor ostenta el récord mundial casi 23 años después de conseguirlo en Salamanca. Esto es lo único que parece contar con algo de mantenimiento. Esto y una ilustración que preside el fondo norte en la que se al Ché Guevara junto a una bandera cubana, bajo la cual aparece escrita una de sus frases más conocida del comandante: “Hasta la victoria, siempre”. Es el reflejo de este país en el que las cosas, a pesar de su deterioro, siguen estando en uso. Pasa con el Estadio Panamericano y con esos coches americanos o rusos que siguen circulando aunque hayan pasado tres, cuatro, cinco, seis o siete décadas desde su fabricación. También ocurre con muchas de las viviendas, que aun con riesgo de derrumbe siguen dando cobijo a sus inquilinos que no pretenden abandonarlas. O con las guaguas, que siguen circulando por las calles de La Habana gracias a que varios ayuntamientos españoles las donaron cuando decidieron que ya no podían ofrecer un servicio eficiente en sus ciudades. Y es que Cuba es uno de esos lugares del mundo donde la obsolescencia programada aún no ha llegado. Por ahora.

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Dolores y Shakira

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Shakira y Dolores, en su casa de la calle Villegas de La Habana.

En La Habana hay que poner en aviso a los cinco sentidos. Caminar por la ciudad da para escuchar a vendedores callejeros gritar eso de “¡flores, flores!” con la esperanza de que alguien responda del interior de alguna casa para vender el género; asfixiarte con el intenso humo blanco que un coche suelta para fumigar las calles y así acabar con los mosquitos; sentir en nuestra piel la humedad cuando el sol sale de vez en cuando de entre las nubes que cubren el cielo habanero en pleno mes de enero; probar la comida criolla que se cocina en caros restaurantes como La Bodeguita del Medio o en los económicos paladares que ahora proliferan por Habana Centro; y ver, ver, y otra vez ver. En La Habana hay mucho que ver, desde los cientos de edificios coloniales en ruinas a las calles repletas de personas durante el día y la noche. En una de estas David nos avisó de un gato blanco impoluto con ojos azules que estaba sentado en el saliente de uno de esos inmuebles medio derruidos del casco histórico. A su lado, una planta lengua de tigre idéntica a las que adornan los parterres de muchas casas canarias. Y detrás, su dueña. Era una señora mayor, muy mayor. “Tengo 98 años”, apuntó. Nadie lo diría a pesar de la piel arrugada que dominaba su rostro, sus ojos medio escondidos tras la piel que le colgaba de las pestañas y el pelo color platino que poblaba su cabeza. La mujer practicaba esa costumbre tan cubana que es asomarse a las ventanas para ver la vida pasar. Le preguntamos cuál era el nombres del felino: “Shakira”, nos respondió. También nos contó que se llamaba Dolores y que su padre era gallego, que al igual que otros muchos países hispanoamericanos es como llaman en Cuba a los españoles. Cuando le comentamos que éramos canarios nos dijo que tenía apellidos isleños, como denominan a quienes migraron al país caribeño procedentes del Archipiélago. Por desgracia, no recuerdo cuáles eran. Con esta simpática señora apenas hablamos uno o dos minutos, los suficientes como para comprobar que a pesar de picar el centenario aún mantenía la cabeza bien amueblada. Tras la conversación, nosotros seguimos nuestro paseo sin rumbo definido por Habana Vieja, despidiéndonos de ella y dejándola apoyada en el marco de una de las ventanas de aquella vivienda de la calle Villegas que se caía a cachos. Si algún día pasan por allí miren al cielo. Seguramente se encontrarán a Dolores, acompañada de Shakira, con ganas de hablar.

La Bajada sin cuesta

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Anochecer en La Bajada, con las luces de María la Gorda a lo lejos.

No recuerdo por qué fuimos a La Bajada. Quizás fuera porque uno de nuestros objetivos era visitar Baracoa, en el extremo oriental de Cuba. Y como esta propuesta se nos fue al traste debido a la lejanía, al final decidimos que, por qué no, visitaríamos la zona más occidental de la Isla. Realmente, nuestro destino no era La Bajada sino María la Gorda. Lo hacíamos por las referencias que habíamos leído en las guías y porque esperábamos encontrarnos allí un pueblo en el que poder dormir aquella noche. Sin embargo, descubrimos que sólo había un complejo hotelero, con un afamado centro internacional de buceo, donde nos querían cobrar 80 euros por habitación la noche. La primera solución que se nos vino a la mente era volver por la carretera por la que habíamos llegado y probar en el pueblo que estaba en un cruce a unos 15 kilómetros. Si allí no había alojamiento ya veríamos si nos dejábamos ese dineral o probaríamos en otra localidad, pero eso conllevaría retroceder otros 40 kilómetros más hasta La Fe, la siguiente localidad, bajo la oscuridad que ya se había adueñado del cielo.

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Cuba, Canarias y el racismo

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Tres almendrones frente al hotel Tryp Habana Libre.

Canarias y Cuba comparten numerosos vocablos. No me sorprendió que dijeran guagua para referirse al autobús, o pinga para el pene; quizás sí que me pareció extraño que también utilizaran el término pullover, aunque en el país caribeño lo hacían para las camisetas en vez del jersey, como hacemos en Gran Canaria. Pero hubo una palabra que me chocó al escucharla. Íbamos en un almendrón cuando un taxista la mencionó. Nos cruzaba por debajo de la bahía para ir de la fortaleza hasta el capitolio. En medio del túnel de la ciudad, construido en la época de Batista por lo que no es de extrañar que sea casi idéntico al Lincoln que atraviesa el río Hudson de Nueva York a Nueva Jersey, aquel hombre empezó con la siguiente frase: “Yo no soy racista, pero los negros…”. Ya se podrán imaginar lo que saldría después de su boca. Entre unos cuantos adjetivos descalificativos soltó que eran unos “confianzudos” –que se toman excesivas confianzas-. Ese discurso, además de chocarme por la expresión, derrumbó por completo uno de los ideales que habíamos construido durante diez días. De repente, el pensamiento de que era un país donde convivían negros, blancos, amarillos o mulatos con total armonía, sin ningún tipo de racismo, se había ido al traste. Ya nos lo había advertido una persona el día anterior. No está mal visto ser amigo de una persona de color, pero la cosa cambiaba si ese amigo se convertía en tu pareja. “Eso a la familia no le sentaría bien”, confesó. Para añadir que la Revolución había tapado este problema, no existía, no se hablaba. Y de cara al turista daba la sensación de ser un país muy tolerante, pero la realidad es otra. En La Habana no ven con buenos ojos a quienes llegan a la capital desde Santiago de Cuba, la otra gran ciudad de Cuba. Allí vive gran parte de la comunidad negra y hacia esas personas iba dirigido ese “confianzudos” de aquel taxista.

Y como no tengo ninguna foto de aquel taxi, pongo esta otra en la que se ven tres almendrones frente al Hotel Tryp Habana Libre.

El paladar de Fernando

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Pollo con arroz que nos sirvieron en una cantina de San José de las Lajas.

Fernando es uno de esos médicos cubanos que se hartó de malvivir con los pocos más de 20 euros que cobraba al mes. Dejó atrás años de estudio y de trabajo para emprender la aventura al frente de un paladar -restaurante- en un remoto pueblo entre dos núcleos turísticos al que los extranjeros llegan después de perderse por la escasa señalización de las carreteras de la Isla. Era tarde. Serían las cuatro cuando, después de comernos unas funestas pizzas en un chiringuito de playa, decidimos regresar a aquella casa rosada frente a la que habíamos pasado una hora antes. “Antes vi como se paraban”, nos reconoció luego Fernando, quien esperaba sentado en el comedor a que llegará algún cliente. La sala era pequeña, el tamaño justo para que cupieran 3 o 4 mesas. En una pared estaba su título de estomatólogo enmarcado. “Lo cuelgo por mi madre”, nos reconoció. El televisor estaba encendido con el canal Tele Rebelde, que emitía fútbol, baloncesto o béisbol durante gran parte del día, de fondo. En aquel momento daban un partido de la NBA. No nos hizo falta ni mirar la carta. “Mi especialidad es el puerco en salsa” o algo así nos comentó, por lo que hicimos caso a su recomendación. Poco después llegó con cuatro platos. Fue la mejor comida que, en mi opinión, probamos en todo el viaje. Tenía un toque de vino que habíamos echado en falta anteriormente. “Lo consigo de aquella manera”, nos vino a decir. En el estraperlo vamos. El cerdo estaba exquisito. No tanto el postre. Le preguntamos por la falta de papas en Cuba. Habíamos escuchado diferentes versiones. Una de ellas consistía en que una cosecha había salido mala por lo que no se había vuelto a dar. La de Fernando era que sí que se cultivaba, pero iba a parar a los hoteles o el Gobierno la exportaba. Nos empezó a hablar de series españolas, algunas de las cuales ni me sonaban. Para verlas acudía los domingos a realizar ‘la carga’, que consistía en llevar un pendrive a un sitio determinado para pasar los últimos capítulos que alguien había descargado aprovechando el Internet de algún hotel cercano. Pagaba 5 pesos cubanos -unos 20 céntimos de euro- por carga. Evidentemente, era una práctica ilegal, aunque la Policía hacía la vista gorda. Días después nos enteramos de que es algo muy habitual en Cuba y que en La Habana le llamaban ‘el paquete’. De aquel paladar nos marchamos con la barriga llena, pero dejando la misma imagen que nos encontramos a la llegada: todas las mesas seguían vacías. “Los domingos la gente hace cola fuera”, nos decía. Y después de probar su comida no dudamos de que así fuera. Pero lo hacíamos con la idea de que habíamos conocido una de esas distorsiones que se producen en este estado socialista: los profesionales cualificados preferían dedicarse a la hostelería que a la medicina, como en este caso, para poder vivir un poco mejor porque cobran más.

Y como no tengo fotos del restaurante de Fernando, les dejo con los platos de pollo con arroz y frijoles, y plátano frito que nos comimos junto con un vaso de batido de guayaba en San José de Las Lajas. El precio: poco más de un euro.

*Como no sé si puedo contar alguna de las cosas que nos dijo Fernando, hay algunos detalles que han sido modificados. Por ello tampoco digo donde se encuentra el paladar de Fernando, que ni tan siquiera se llama Fernando.

En Cuba hay wifi

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Cubanos y turistas, conectados a Internet junto a la catedral de Matanzas.

Si llega a este artículo para resolver la duda de si en Cuba se podrá conectar a Internet, que sepa que existen conexiones wifi en algunas zonas. Concretamente, en las plazas más concurridas de las principales ciudades del país. Lo único que hace falta es buscar los quioscos donde se pueden comprar las tarjetas para conectarse una hora al precio de 2 CUC (unos 2 euros, aproximadamente). Hay lugares, como en las proximidades del Hotel Habana Libre de La Habana, donde encontrará a personas vendiéndoselas a 3 CUC, lo que le evitará estar buscando sitios donde las vendas o las colas de turistas que se forman.

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!Qué país¡

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Tres niños juegan con las olas en el Malecón de La Habana, con el faro del Castillo del Morro de fondo.

El general Resóplez, uno de los personajes de los dibujos animados Elpidio Valdés basados en la Guerra de la Independencia, definió muy bien Cuba. “¡Qué país!”, exclama una y otra vez con acento español el militar del Ejército español que lucha contra los rebeldes cubanos. Décadas después de esta serie, la expresión sigue sirviendo para explicar en dos palabras el sentimiento de un simple turista después de 12 días de viaje por la Isla. Qué país para lo bueno y lo malo.

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