Los alisios acarician Valleseco

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Las nubes transportadas por los vientos alisios, con el pueblo de Valleseco debajo.

Las nubes vuelan de oeste a este. Es un movimiento antinatura cuando, días como el de hoy, predominan los vientos alisios. Una pared atmosférica invisible les impide engullir una vez más las casas de Valleseco. Entonces giran en dirección a Teror, acarician la loma por la que pasa la carretera general y descienden bruscamente. En cuestión de segundos, la masa blanca desaparece ahogada por el denominado efecto Foehn. Ya es junio y en las medianías del norte comprueban que el cielo sigue siendo azul después de soportar durante meses una niebla que apenas permitía distinguir lo que había en unos metros a la redonda. En esta locura de microclimas que existen en Gran Canaria se puede distinguir nuestro particular clima continental: inviernos fríos y veranos cálidos, con primaveras y otoños casi imperceptibles. Es lo que más o menos ocurre a partir de los 600 metros en la cara norte de la isla. Quienes viven por encima de esta altura guardan estos días la ropa de abrigo y sacan del ropero las prendas idóneas para pasar un estío que llega con la fuerza de todos los años. La vegetación es la primera damnificada: el verdor de los pastos desapareció de un plumazo; el amarillo le sustituye para quedarse hasta octubre, noviembre o diciembre, todo dependerá de las primeras lluvias del otoño. Los lugareños se preparan para unas jornadas sofocantes bajo un calor seco que nada tiene que ver con la humedad que predomina diez kilómetros barranco abajo, ya en la costa, gracias a la venerada o detestada, según se mire, panza de burro. Aquí arriba, trabajar la tierra a partir del mediodía durante estos meses es una tarea poco recomendable y la vida en la calle no se retoma hasta que el sol empieza a hundirse en poniente, momento en el que empiezan a soplar el aire fresco de la noche. Es como si estuviéramos en un pueblo de la meseta castellana si no fuera porque realmente nos encontramos en una isla volcánica situada 1.800 kilómetros al suroeste y en medio del Atlántico.

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Trashumancia: sendero hacia la excelencia

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Los pastores dirigen el rebaño durante la trashumancia por las medianías del norte de Gran Canaria.

El sonido de los cencerros y el tronar de algunos voladores entre los barrancos avisan. Unas 300 ovejas aparecen y desaparecen entre los pliegues de las montañas mientras avanzan por una estrecha carretera de las medianías de Santa María de Guía. Es sábado de Semana Santa, hace buen tiempo y el sol está a punto de desaparecer tras el perfil de Tenerife que se dibuja a poniente. Es el momento ideal para practicar una de esas labores ancestrales que aún se conserva en algunas zonas de Gran Canaria. Se trata de la trashumancia que, como cada año, realiza el pastor Cristóbal Moreno Díaz. Un grupo de unas diez personas dirigen su ganado. Son mayores y jóvenes, inclusos menores de edad que aprenden el oficio. Algunos se cubren la cabeza con el tradicional cachorro canario mientras otros se apoyan en los garrotes que agarran con sus brutos dedos. Andan con el rostro serio, más aún cuando ven a un desconocido coserles a fotos. Son varios los pleitos originados por el paso de los animales por unos u otros caminos en los que ya pastan las cabezas de ovino de otros pastores. Por ello, una pareja de la Guardia Civil les escolta durante el camino entre Santa Cristina, donde el rebaño ha pasado los últimos meses, hasta Caideros, pago en el que se asienta su quesería. Allí, Moreno aprovechará el abundante pasto que crece estos días para alimentar a los animales hasta que, en pleno agosto, partan hacia la cumbre donde permanecerán durante los meses más cálidos. Quizás esta búsqueda de los mejores alimentos sea lo que convierte a los quesos de Cristóbal en oro blanco. Su negocio acumula premios por doquier, encargándose así de llevar el nombre de ese pequeño pueblo, situado al borde del precipicio que da forma al Valle de Agaete, allende los mares.

Una isla con península

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Foto tomada desde los Pinos de Gáldar, en primer término el pico de Osorio, con un conjunto de casas situadas junto a La Laguna de Valleseco; detrás el barrio de Los Giles y de fondo la península de La Isleta.

Para quien no haya estado nunca por Gran Canaria, sepan que gran parte de su capital de asienta sobre un istmo, un trozo de tierra que conecta La Isleta con el resto de la Isla. Hasta hace poco más de un siglo, el color negro de las piedras expulsadas por los volcanes que crearon la península daba paso a la arena amarilla que formaba las kilométricas playas que surgían al norte del casco histórico de la ciudad. A finales del siglo XIX, el desarrollo de Las Palmas de Gran Canaria se fue comiendo este paraje natural. Primero lo hizo con la creación y posterior crecimiento del Puerto de La Luz, hoy principal entrada de los productos que se consumen en la Isla. Y a partir de la segunda mitad del siglo XX con la irrupción del turismo. Aquellos arenales fueron sustituidos por bloques de hormigón. Por naciente quedaron los muelles donde atracaban los barcos. En medio, edificios que dieron cobijo a turistas europeos que venían a descansar, peninsulares que se asentaron en las Islas e isleños que practicaron el éxodo desde Lanzarote, Fuerteventura y las medianías de Gran Canaria. Y por poniente, la joya de la urbe, una de los pocas imágenes que aún se conservan de aquella maravilla: la playa de Las Canteras. Este lugar es otro ejemplo de lo que pudo ser. ¿Qué hubiese ocurrido si la ciudad no se hubiese desarrollado hacia el norte dejando así intacto este espacio? Una vez más, el hombre se encargó de estropearlo. Ahora sólo nos queda defender lo nuestro para que quienes vengan detrás no repitan esta misma pregunta con otros territorios naturales del Archipiélago amenazados por la picota.

El factor sorpresa de Pavón

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Vista del cortijo de Monte Pavón.

A veces tiene que venir alguien de fuera para enseñarte a valorar algo que llevas viendo desde que naciste. Durante las últimas semanas he recibido dos lecciones sobre un paraje para mi normal, sin atractivo aparente, que nunca antes me había parado a analizar. Tuvieron que llegar de Madrid y París para advertirme de lo que me estaba perdiendo. Monte Pavón, para quien no lo conozca, es un diseminado de dos o tres casas plantadas en medio de los denominados cortijos, que nada tiene que ver con los latifundios andaluces, cuyo silencio sólo es quebrado por el viento y los cencerros de los rebaños de ovejas que deambulan por la zona. Son campos llenos de pastos que florecen al unísono con las primeras lluvias que empiezan a caer allá por el mes de noviembre en las medianías de Moya y Santa María de Guía. El verdor que hasta mayo pinta esta zona de Gran Canaria sorprende a los visitantes. Y es precisamente ahí donde la visión de una persona totalmente ajena a un paisaje como éste la que te hace reflexionar. Ambos me expresaron lo espectacular de la fotografía que tenían ante sí: un conjunto de pequeñas montañas repletas de hierba con diferentes tonos de colores, que crecen entre los pinos canarios que se levantan en las inmediaciones de Fontanales y el picón negro que se desliza de la caldera de los Pinos de Gáldar. Es el manido continente en miniatura. Es visitar primero las Islas Británicas para después recorrer la Selva Negra y acabar con una parada en Islandia en unos pocos miles de metros. Es pasar de unos pastos a un bosque y terminar el viaje en un volcán. Es Gran Canaria.

Los Tilos. Está ahí.

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Vista de parte del bosque de Los Tilos.

Está ahí. Sólo hace falta subirse al coche para que en cosa de media hora desde Las Palmas se planten en un bosque frondoso que impide a los rayos del sol tocar el suelo. Está ahí lo que pudo haber sido y no es; ese vergel que pintaron los cronistas allá por la época prehispánica y que ‘gracias’ a la mano del hombre a punto estuvo de desaparecer. Está ahí, aunque no lo pareciera cuando éramos pequeños y en los asientos traseros del Volkswagen Golf de mis padres pasáramos casi todos los fines de semana sin ponerle apenas asunto. Está ahí, con un sendero de dos o tres kilómetros apto para todos los públicos que permite descubrir que la lluvia también puede ser horizontal o que los troncos desnudos de los árboles se pueden levantar decenas de metros como si de huesos de dinosaurios se trataran. Está ahí. Es el bosque de Los Tilos de Moya, uno de los pocos reductos de laurisilva que aún quedan en Gran Canaria. Visítenlo, lleven a sus hijos, nietos o amigos para que aprecien cómo la vegetación cubrió hace cientos de años todo el norte de la Isla. Pero, sobre todo, para aprender a valorar este espacio y así no volver a cometer los mismos errores.

Los afortunados somos nosotros

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Mar de nubes cerca de Cruz de Tejeda, en Gran Canaria.

Pocas veces disfruté tanto de una excursión por Gran Canaria como la que hice ayer. Quizás fuera porque, como otras muchas veces, estaba enseñándole la Isla a alguien que la visitaba por primera vez. Puede que fuera porque mi acompañante estaba ensimismada con los paisajes, contagiándome por sus expresiones cuando cada cierto tiempo se levantaba ante ella una montaña repleta de pastos o un grupo de casas de colores arrinconadas sobre una roca. “¡A la flauta!”, dijo en alguna ocasión. No obstante, venía sin muchas expectativas. Tan sólo unos días antes tenía programado un viaje al Algarve, pero la huelga de controladores aéreos franceses hizo que en cuestión de horas decidiera anular la reserva para comprar un billete a Canarias. O tal vez fuera por el tiempo, que esta vez permitía ver con cierta nitidez los paisajes. Aunque creo que hubo un momento que hizo que el paseo se convirtiera en un auténtico espectáculo incluso para mí, que llevo más de 30 años viviendo en este trozo de tierra de 1.560 kilómetros cuadrados rodeado de agua. Habíamos pasado por la caldera de los Pinos de Gáldar y puesto rumbo casi directo hacia el Sur, pasando primero por la Cumbre. Pocos kilómetros antes de llegar a la Cruz de Tejeda descubrimos su “bahía”. Allí estaba el mar de nubes introduciéndose por donde el barranco de Guiniguada comienza a formarse, salpicando las montañas y creando un espectáculo digno de disfrutar durante horas. Por encima, el atardecer jugueteaba con sus tonos ocres con la Cumbre, mientras los coches circulaban por las serpenteantes carreteras del centro ajenos a aquel paraje. De repente, esta Isla me regalaba una de esas imágenes que nos ayuda a comprender por qué en su día llamaron a este archipiélago las Islas Afortunadas. Los verdaderos afortunados somos nosotros que tenemos el lujo de vivir en ellas.

Gran Canaria enamora

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Rebaño de ovejas en Lomo del Palo, con el Teide de fondo.

Últimamente repito mucho una frase: “Mientras más mundo conozco, más aprecio esta tierra”. Pero no sólo el viajar me ha llevado a valorar estas Islas. El que de vez en cuando coja la cámara de fotos y me pierda con el coche por algunas carreteras por las que nunca antes había pasado han afianzado este pensamiento. Desde hace unas semanas venía buscando esta foto. No es muy original. Ya la había visto en el libro ‘Gran Canaria, paisajes del Atlántico’. Desde que nevó en Tenerife, cuando tengo algún día libre me he subido a las medianías norte de Gran Canaria buscando el sitio exacto donde se tomó esa imagen. Fue este viernes santo, en un día espectacular, cuando vi este rebaño de ovejas pastando en una finca situada entre Lomo del Palo y Fagajesto. A lo lejos se vislumbraba entre las nubes un Teide que poco a poco se ha ido deshaciendo de esa capa blanca que nos recuerda que por aquí también pasa el invierno. No he conseguido plasmar aquella imagen que vi en el libro, pero creo que recogí uno de los paisajes más espectaculares que he visto por estas tierras, que mientras más descubro más me enamoran.