Los Tilos. Está ahí.

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Vista de parte del bosque de Los Tilos.

Está ahí. Sólo hace falta subirse al coche para que en cosa de media hora desde Las Palmas se planten en un bosque frondoso que impide a los rayos del sol tocar el suelo. Está ahí lo que pudo haber sido y no es; ese vergel que pintaron los cronistas allá por la época prehispánica y que ‘gracias’ a la mano del hombre a punto estuvo de desaparecer. Está ahí, aunque no lo pareciera cuando éramos pequeños y en los asientos traseros del Volkswagen Golf de mis padres pasáramos casi todos los fines de semana sin ponerle apenas asunto. Está ahí, con un sendero de dos o tres kilómetros apto para todos los públicos que permite descubrir que la lluvia también puede ser horizontal o que los troncos desnudos de los árboles se pueden levantar decenas de metros como si de huesos de dinosaurios se trataran. Está ahí. Es el bosque de Los Tilos de Moya, uno de los pocos reductos de laurisilva que aún quedan en Gran Canaria. Visítenlo, lleven a sus hijos, nietos o amigos para que aprecien cómo la vegetación cubrió hace cientos de años todo el norte de la Isla. Pero, sobre todo, para aprender a valorar este espacio y así no volver a cometer los mismos errores.

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Los afortunados somos nosotros

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Mar de nubes cerca de Cruz de Tejeda, en Gran Canaria.

Pocas veces disfruté tanto de una excursión por Gran Canaria como la que hice ayer. Quizás fuera porque, como otras muchas veces, estaba enseñándole la Isla a alguien que la visitaba por primera vez. Puede que fuera porque mi acompañante estaba ensimismada con los paisajes, contagiándome por sus expresiones cuando cada cierto tiempo se levantaba ante ella una montaña repleta de pastos o un grupo de casas de colores arrinconadas sobre una roca. “¡A la flauta!”, dijo en alguna ocasión. No obstante, venía sin muchas expectativas. Tan sólo unos días antes tenía programado un viaje al Algarve, pero la huelga de controladores aéreos franceses hizo que en cuestión de horas decidiera anular la reserva para comprar un billete a Canarias. O tal vez fuera por el tiempo, que esta vez permitía ver con cierta nitidez los paisajes. Aunque creo que hubo un momento que hizo que el paseo se convirtiera en un auténtico espectáculo incluso para mí, que llevo más de 30 años viviendo en este trozo de tierra de 1.560 kilómetros cuadrados rodeado de agua. Habíamos pasado por la caldera de los Pinos de Gáldar y puesto rumbo casi directo hacia el Sur, pasando primero por la Cumbre. Pocos kilómetros antes de llegar a la Cruz de Tejeda descubrimos su “bahía”. Allí estaba el mar de nubes introduciéndose por donde el barranco de Guiniguada comienza a formarse, salpicando las montañas y creando un espectáculo digno de disfrutar durante horas. Por encima, el atardecer jugueteaba con sus tonos ocres con la Cumbre, mientras los coches circulaban por las serpenteantes carreteras del centro ajenos a aquel paraje. De repente, esta Isla me regalaba una de esas imágenes que nos ayuda a comprender por qué en su día llamaron a este archipiélago las Islas Afortunadas. Los verdaderos afortunados somos nosotros que tenemos el lujo de vivir en ellas.

Gran Canaria enamora

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Rebaño de ovejas en Lomo del Palo, con el Teide de fondo.

Últimamente repito mucho una frase: “Mientras más mundo conozco, más aprecio esta tierra”. Pero no sólo el viajar me ha llevado a valorar estas Islas. El que de vez en cuando coja la cámara de fotos y me pierda con el coche por algunas carreteras por las que nunca antes había pasado han afianzado este pensamiento. Desde hace unas semanas venía buscando esta foto. No es muy original. Ya la había visto en el libro ‘Gran Canaria, paisajes del Atlántico’. Desde que nevó en Tenerife, cuando tengo algún día libre me he subido a las medianías norte de Gran Canaria buscando el sitio exacto donde se tomó esa imagen. Fue este viernes santo, en un día espectacular, cuando vi este rebaño de ovejas pastando en una finca situada entre Lomo del Palo y Fagajesto. A lo lejos se vislumbraba entre las nubes un Teide que poco a poco se ha ido deshaciendo de esa capa blanca que nos recuerda que por aquí también pasa el invierno. No he conseguido plasmar aquella imagen que vi en el libro, pero creo que recogí uno de los paisajes más espectaculares que he visto por estas tierras, que mientras más descubro más me enamoran.

En Cuba no existe la obsolescencia

Estadio Panamericano de La Habana.

El Estadio Panamericano de La Habana es la viva imagen de Cuba. Sólo hace falta echarle un vistazo desde la Vía Monumental, la autopista que conecta la capital con el centro y norte de la Isla, para saber que esta instalación deportiva se encuentra prácticamente abandonada. De cerca se puede comprobar cómo la humedad ocupa el sitio en el que antaño se sentaban los espectadores, ennegreciendo las gradas de este coliseo que tiene capacidad para unas 35.000 personas. Las cuatro torretas que en su día aportaron la luz artificial necesaria para la práctica de deporte nocturno están esqueléticas. Los focos que se apoyaban en estos trozos de hierro que aún permanecen anclados a los muros brillan por su ausencia. Las puertas están a medio abrir o a medio cerrar, lo que permite acceder a cualquiera que le ponga un poco de empeño. Y las zonas interiores, donde se presume que antes se situaban las cantinas o los baños, están completamente saqueadas, con restos de basura y las paredes pintadas. Y, a pesar de su mugriento estado, en este edificio construido en 1991 aún se practica deporte. O por lo menos eso se deja entrever por el buen estado de las pistas de atletismo, el césped y el material destinado a practicar otras modalidades como el salto de altura, esa práctica en la que el matancero Javier Sotomayor ostenta el récord mundial casi 23 años después de conseguirlo en Salamanca. Esto es lo único que parece contar con algo de mantenimiento. Esto y una ilustración que preside el fondo norte en la que se al Ché Guevara junto a una bandera cubana, bajo la cual aparece escrita una de sus frases más conocida del comandante: “Hasta la victoria, siempre”. Es el reflejo de este país en el que las cosas, a pesar de su deterioro, siguen estando en uso. Pasa con el Estadio Panamericano y con esos coches americanos o rusos que siguen circulando aunque hayan pasado tres, cuatro, cinco, seis o siete décadas desde su fabricación. También ocurre con muchas de las viviendas, que aun con riesgo de derrumbe siguen dando cobijo a sus inquilinos que no pretenden abandonarlas. O con las guaguas, que siguen circulando por las calles de La Habana gracias a que varios ayuntamientos españoles las donaron cuando decidieron que ya no podían ofrecer un servicio eficiente en sus ciudades. Y es que Cuba es uno de esos lugares del mundo donde la obsolescencia programada aún no ha llegado. Por ahora.

Dolores y Shakira

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Shakira y Dolores, en su casa de la calle Villegas de La Habana.

En La Habana hay que poner en aviso a los cinco sentidos. Caminar por la ciudad da para escuchar a vendedores callejeros gritar eso de “¡flores, flores!” con la esperanza de que alguien responda del interior de alguna casa para vender el género; asfixiarte con el intenso humo blanco que un coche suelta para fumigar las calles y así acabar con los mosquitos; sentir en nuestra piel la humedad cuando el sol sale de vez en cuando de entre las nubes que cubren el cielo habanero en pleno mes de enero; probar la comida criolla que se cocina en caros restaurantes como La Bodeguita del Medio o en los económicos paladares que ahora proliferan por Habana Centro; y ver, ver, y otra vez ver. En La Habana hay mucho que ver, desde los cientos de edificios coloniales en ruinas a las calles repletas de personas durante el día y la noche. En una de estas David nos avisó de un gato blanco impoluto con ojos azules que estaba sentado en el saliente de uno de esos inmuebles medio derruidos del casco histórico. A su lado, una planta lengua de tigre idéntica a las que adornan los parterres de muchas casas canarias. Y detrás, su dueña. Era una señora mayor, muy mayor. “Tengo 98 años”, apuntó. Nadie lo diría a pesar de la piel arrugada que dominaba su rostro, sus ojos medio escondidos tras la piel que le colgaba de las pestañas y el pelo color platino que poblaba su cabeza. La mujer practicaba esa costumbre tan cubana que es asomarse a las ventanas para ver la vida pasar. Le preguntamos cuál era el nombres del felino: “Shakira”, nos respondió. También nos contó que se llamaba Dolores y que su padre era gallego, que al igual que otros muchos países hispanoamericanos es como llaman en Cuba a los españoles. Cuando le comentamos que éramos canarios nos dijo que tenía apellidos isleños, como denominan a quienes migraron al país caribeño procedentes del Archipiélago. Por desgracia, no recuerdo cuáles eran. Con esta simpática señora apenas hablamos uno o dos minutos, los suficientes como para comprobar que a pesar de picar el centenario aún mantenía la cabeza bien amueblada. Tras la conversación, nosotros seguimos nuestro paseo sin rumbo definido por Habana Vieja, despidiéndonos de ella y dejándola apoyada en el marco de una de las ventanas de aquella vivienda de la calle Villegas que se caía a cachos. Si algún día pasan por allí miren al cielo. Seguramente se encontrarán a Dolores, acompañada de Shakira, con ganas de hablar.

La Bajada sin cuesta

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Anochecer en La Bajada, con las luces de María la Gorda a lo lejos.

No recuerdo por qué fuimos a La Bajada. Quizás fuera porque uno de nuestros objetivos era visitar Baracoa, en el extremo oriental de Cuba. Y como esta propuesta se nos fue al traste debido a la lejanía, al final decidimos que, por qué no, visitaríamos la zona más occidental de la Isla. Realmente, nuestro destino no era La Bajada sino María la Gorda. Lo hacíamos por las referencias que habíamos leído en las guías y porque esperábamos encontrarnos allí un pueblo en el que poder dormir aquella noche. Sin embargo, descubrimos que sólo había un complejo hotelero, con un afamado centro internacional de buceo, donde nos querían cobrar 80 euros por habitación la noche. La primera solución que se nos vino a la mente era volver por la carretera por la que habíamos llegado y probar en el pueblo que estaba en un cruce a unos 15 kilómetros. Si allí no había alojamiento ya veríamos si nos dejábamos ese dineral o probaríamos en otra localidad, pero eso conllevaría retroceder otros 40 kilómetros más hasta La Fe, la siguiente localidad, bajo la oscuridad que ya se había adueñado del cielo.

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Cuba, Canarias y el racismo

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Tres almendrones frente al hotel Tryp Habana Libre.

Canarias y Cuba comparten numerosos vocablos. No me sorprendió que dijeran guagua para referirse al autobús, o pinga para el pene; quizás sí que me pareció extraño que también utilizaran el término pullover, aunque en el país caribeño lo hacían para las camisetas en vez del jersey, como hacemos en Gran Canaria. Pero hubo una palabra que me chocó al escucharla. Íbamos en un almendrón cuando un taxista la mencionó. Nos cruzaba por debajo de la bahía para ir de la fortaleza hasta el capitolio. En medio del túnel de la ciudad, construido en la época de Batista por lo que no es de extrañar que sea casi idéntico al Lincoln que atraviesa el río Hudson de Nueva York a Nueva Jersey, aquel hombre empezó con la siguiente frase: “Yo no soy racista, pero los negros…”. Ya se podrán imaginar lo que saldría después de su boca. Entre unos cuantos adjetivos descalificativos soltó que eran unos “confianzudos” –que se toman excesivas confianzas-. Ese discurso, además de chocarme por la expresión, derrumbó por completo uno de los ideales que habíamos construido durante diez días. De repente, el pensamiento de que era un país donde convivían negros, blancos, amarillos o mulatos con total armonía, sin ningún tipo de racismo, se había ido al traste. Ya nos lo había advertido una persona el día anterior. No está mal visto ser amigo de una persona de color, pero la cosa cambiaba si ese amigo se convertía en tu pareja. “Eso a la familia no le sentaría bien”, confesó. Para añadir que la Revolución había tapado este problema, no existía, no se hablaba. Y de cara al turista daba la sensación de ser un país muy tolerante, pero la realidad es otra. En La Habana no ven con buenos ojos a quienes llegan a la capital desde Santiago de Cuba, la otra gran ciudad de Cuba. Allí vive gran parte de la comunidad negra y hacia esas personas iba dirigido ese “confianzudos” de aquel taxista.

Y como no tengo ninguna foto de aquel taxi, pongo esta otra en la que se ven tres almendrones frente al Hotel Tryp Habana Libre.